La violencia es un fenómeno acerca del cual nos cuesta reflexionar, nos conmueve, nos indigna, nos paraliza. La observamos a diario en los medios de comunicación: guerras, asesinatos, secuestros, violaciones, robos, desapariciones, violencia familiar, abuso de menores, etc. En forma invisible, sin embargo, la violencia acompaña y atraviesa nuestras interacciones cotidianas, circula de manera latente en nuestro entorno.
Toda situación de violencia es una situación de poder, donde hay un sometedor y un sometido. El sistema educativo tradicional genera situaciones violentas. Es una estructura rígida, autoritaria y jerarquizada donde las instrucciones son bajadas desde arriba unilateralmente, no se consideran las necesidades del alumno ni del docente quienes se convierten en víctimas de una situación autoritaria. El docente, desde un lugar de poder, “transmite” la información y “le da” el conocimiento al alumno, sin considerar sus motivaciones, características ni conocimientos previos. Se crea un clima “hostil”, no hay acuerdo entre la propuesta docente y la inquietud del alumno, generando indisciplina.
La violencia está estrechamente vinculada con la crisis socio-económica y la exclusión social. Niños que trabajan en la calle, que han aprendido a “sobrevivir” a través de actitudes violentas tales como: “el que pega primero, pega dos veces”, “la ley del más fuerte”, etc., la escuela los excluye, los sanciona porque no es lo que se espera de ellos. El desafío educativo implica entonces encontrar estrategias para que el niño permanezca en el sistema, mostrándole formas alternativas de relación y de resolución de conflictos diferentes, a las opciones teñidas de violencia.
En el nivel medio se hace evidente el “conflicto generacional”. La violencia puede desencadenarse por la clara desarticulación que presenta la escuela respecto de la realidad, olvidando lo que los alumnos necesitan, lo que les interesa o motiva. El adolescente, en tanto, trasgresor, necesita nuevos y propios espacios de acción y participación, con límites claros y consensuados que lo orienten y contengan.
Un modelo de autogestión podría ser una vía de solución. En la medida en que el sistema facilite la participación y el protagonismo del alumno, se desalientan las actitudes violentas, proponiendo que el alumno asuma responsabilidades, maneje su libertad, respetando a sus pares. En este sentido, armar grupos de reflexión, definiendo un contrato social en la clase, podría ser una alternativa válida, formulando un reglamento consensuado en base a conductas esperadas y las respectivas consecuencias para conductas inaceptables.
La Educación tiene como objetivo el desarrollo integral de la persona. Por tanto, debe ofrecer no sólo conocimientos, sino también valores, creencias y actitudes. Desde un modelo preventivo, la escuela debe promover para los alumnos un espacio de expresión y de comunicación. Debe asignarles el protagonismo de la situación educativa, aprendiendo con el otro, a respetar al otro, desarrollando el espíritu crítico, solidario y participativo. Así como también, debe posibilitar la aceptación del error como incentivo para la búsqueda de otras alternativas o caminos no sólo en lo cognoscitivo, sino también en la relación con el prójimo.
Referencia: Lic. Silvia Rojo, Violencia Social y Escolar.. Escuela de Formación y Capacitación Docente. (SEDEBA)